Primero hubo luz,
después hubo cielo.
También tierra,
y luego la naturaleza.
–
Pronto llegó el agua:
eterna, redonda.
Luego, turno del fuego:
chispeante, incendio.
–
Detrás: el cuerpo.
Forma de montaña
delineando en la historia.
–
El tiempo…
El tiempo también estuvo.
Ahí, aquí. Allá.
¿Cómo no iba a estarlo?
Si es el dueño,
el maestro y guardián
del presente, pasado, futuro.
¿Quién es su titiritero?
–
No te preocupes,
no te apures.
Pronto,
muy pronto nacerá el día,
el sol brillará;
despediremos a la luna
del alto y hondo cielo.
Y entonces solo
sin nubes, o atisbo de lluvia,
abrirá con luz.
Entonces… la luz,
esa luz,
dicha
en aquel lugar,
entonces ahí… verás.
–
Pero madre,
entonces…
¿A quién llamaré?
–
¿Seré yo, para alguien nuevo,
lo que tú eres para mí?
–
… Calma,
Despacio…
el momento llegará.
Sigue. Sigue lejos.
Mantente enraizada
a esta única tierra
y gran lugar.
–
Pues, en lo profundo,
debajo,
las raíces de todas las familias
se entrelazan.
Solo el agua las conoce
por nombre y por voz.
–
Agua. Agua, dice estar bendita.
–
—Este baño te liberará,
al salir nacerás de nuevo—
decía la profecía.
El agua fluía como aceite,
la piscina se ahondaba,
infinita.
Dichosa yo,
de niña
me enseñaron a nadar.
–
—Dobla tu mano así—,
susurraba la madre de mi abuela.
El pulgar atrapado
entre el índice y el medio
era amuleto secreto:
escudo contra miradas negras,
y corazones en deseo de lo ajeno.
–
Eres tan bonita,
tan preciosa.
Cámbiame tus ojos,
te doy mis rayitas.
–
La madre de mi abuela
se casó a los diecisiete.
Yo, a los veinticinco.
A los veinticuatro,
mi amor me dio un anillo.
–
Sí, acepto.
Sí, me casaré contigo.
Seré una buena esposa,
una buena mujer,
y no estaré sola.
–
¿Cuántas semillas hay en una granada?
Fuente de las buenas acciones
que al contar suman
seiscientas trece.
–
Alguien dijo una vez,
¿O quizás fue más de uno?
Dijo:
Hay seiscientas trece
mitzvot que profesar.
Tres de ellas para las mujeres:
Velas, pan y tevilá.
Otras dicen que no.
Muchas tratan el sí.
Hay para los hombres,
Mayores, grandes
y pequeños también.
Algunas son de pareja, de oficio
y varias que ya no se pueden hacer.
–
Cada Rosh Hashaná,
Feliz Año Nuevo,
compartimos una granada
por sus 613 piezas rojas
y comemos.
–
Ahora me toca partir,
vivir en mi propia casa.
¿Será pequeña,
será grande?
–
¿Mamá?
Ella tampoco lo sabe,
ella ya tiene la suya.
La mía será ligera:
una casa de juegos.
Porque también los adultos
necesitamos jugar.
–
Receta para el caldo de pollo:
No lo laves,
solo hiérvelo,
luego cuela
y sirve.
Puedes congelar las sobras,
pero nunca en un refractario de vidrio;
se romperá,
y llorarás.
–
Hice un retrato de mi abuela
cuándo su esposo murió.
No se le dije
Ni tampoco mostré.
Es que tenía unas flores:
blancas, bellas,
maduras, a punto de marchitar.
Ella sigue,
sobrevivió.
Las flores
fueron un regalo por mi compromiso.
No murieron,
al menos no durante una semana,
o tal vez fueron dos.
En la foto se extirpan del tiempo.
Nunca desvanecerán.
–
Antes de todo esto.
En otra línea temporal.
Todo comenzó en el desierto.
Cuando la historia apenas nacía,
Moisés vio un arbusto en llamas.
–
Las llamas invadieron la cueva,
pero la zarza…
La zarza jamás se quemó.
–
Dijo: algo se revela.
Y desde entonces
nuestras paredes llevan marcas.
Al principio, de sangre,
ahora son letras.
–
¿Era fe?
¿Libertad?
¿Fe y libertad?
¿Sigue ardiendo cual verdad?
¿O quizá hoy, maldición?
–
—Silencio, silencio,
que ahí viene…
ya está cerca,
ahí,
justo ahí—.
–
Un dedo señala:
—¿La ves?—
Es ella, vestida de blanco.
–
¿Soy yo ella?
¿Ella soy yo?
–
—Es el séptimo día:
día de reposo,
día de contemplación,
día que llega,
pero nunca se queda—.
–
Ella es la novia.
Yo también soy la novia.
Solo por ahora:
igual de blanco
igual de transitoria.
–
Del polvo al polvo.
–
¿Crees que ella sea libre?
Me pregunto…
Quizás al bañarse
se extiende con el océano,
se evapora hacia el cielo,
sostiene a sus hijos,
que la cruzan apenas
y después se marchan.
–
¿Somos ellos? ¿Nosotros?
¿O soy yo la que es ella?
–
¿Será Él?
–
La parte prohibida de la fruta
nunca estuvo en la manzana,
sino en lo que guardaba dentro.
–
Dentro.
De nosotros.
De mí.
–
Mientras el río
se llenaba
de lluvia.
–
Notas al pie:
La separación de la jalá es una de las tres mitzvot (responsabilidades del bien) que se le asignan a la mujer judía a lo largo de su vida. Históricamente se relacionaba con la acción de compartir el pan con un Cohen (un miembro del cuerpo sacerdotal de la sinagoga). Consiste en separar un pedazo de la masa del pan. Desde la destrucción del Templo de Jerusalén, se ha convertido en una tradición quemar la parte separada.
Hacer Tevilá es otra de las tres mitzvot principales. Consiste en un baño en agua pura y corriente de lluvia. El ritual simboliza el renacimiento, la purificación, limpieza y pureza sexual.