Yehudía

Pocas cosas engañan más que los recuerdos” (Zafón, 2008). Y sin embargo de ellos nos valemos para continuar con nuestras vidas, o de la cámara, pobre condenada a ser nuestra memoria.

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Una entrevista sobre el proyecto publicada en el sitio de PHMuseum: https://phmuseum.com/news/questioning-judaism-as-a-young-mexican-woman

En síntesis, lo que busca e inspira a este proyecto parte de la suposición de que las escrituras, hablando de aquello de naturaleza bíblica y religiosa, son sagradas. Pretendo buscar el sentido en lo que dicen y han dado a interpretar por milenios, aplicando en este caso a solamente 21 años en los que yo he vivido de su seno. Pensar en la forma en la que resuenan las supuestas enseñanzas y cánones religiosos tradicionalistas en la vida de mujer joven judía en la Ciudad de México en plenos años veinte del siglo XXI. Unificar mi memoria, el recuerdo familiar y los textos para desmenuzar eso que implica y representa ser judía.

            No estoy segura qué conforma la identidad de uno. Algunos afirman que todo cambió después de la emancipación (Ofek, 2002;76), hablando específicamente de la modernidad judía y la crisis de identidad que hizo temblar el suelo del conocido “pueblo elegido”. Antes del paso hacia la modernidad, uno que nadie realmente ha podido señalar con total certeza y quedando como mero concepto y referencia a un periodo humano, lo citamos en cada ocasión que podemos; se tradujo en una crisis identitaria para los judíos que, en ese entonces y hasta ahora, lejos de sus comunidades originales ideológicamente cerradas, se enfrentaron al resto del mundo y a la posibilidad de asimilarse. La comunidad ya no era la definición de su quién, puesto que había cesado su existir. En ese sentido, Ofek describe a cualquier periodo de emancipación, como un periodo transitorio en el que algo cambia, generalmente, nosotros mismos. Dicho lo anterior, en este proyecto pretendo referirme al propio. 

            Considero que uno de los problemas con la educación judía que recibí es que sé cómo practicar la religión pero no tengo la mínima idea de lo que significa. Recuerdo las clases de Tanaj[1] sobre el Rambám[2] y el Talmud pero jamás me dijeron qué es lo que decían; simplemente me enseñaron que existieron y que, sin mayor explicación, son importantes. Fácil fue que me pusieran a copiar los 12 preceptos del Sanhedrin, tema del que solo recuerdo que eran 12 y que se hicieron por unos supuestos Sanhedrin(es), aunque después de hacer una búsqueda rápida en internet, resulta que se trató de una asamblea de 71 rabinos de toda la Tierra de Israel; ya ni siquiera sé si eran 12 preceptos ni la razón de su llamase Sanhedrin.

Cada año me repitieron la emblemática historia de la reina Esther que salvó al pueblo del odio de Amán en el reino persa. Doce años seguidos me disfracé y vi el mismo teatro montado por los maestros sobre la historia (o fábula) de la Meguilat Esther[3] e intercambiamos dulces en un día sin clases. Jamás leí el texto directamente ni me pregunté sobre el pivotal papel de la mujer en ese cuento, ni porqué el rey siempre se embriagaba y hacía traer a las mujeres más hermosas del reino para elegir a cuál desposar[4]. Nunca me pregunté sobre la ética de esas narraciones, supuse que, como se escribieron hace tanto, los códigos seguro pertenecía a épocas diferentes e incuestionables. Al igual que las comunidades judías del shtetl[5] mi identidad se conformó mediante los demás y las historias que supuestamente eran mías por nacimiento.

Al hacer este pequeño vistazo al pasado y la consolidación de la identidad judía multitemporal es pertinente hacer hincapié en que “(…) la esencial característica problemática del ser es, precisamente, su falta de identidad.” (Ofek, 2002;74) Nos componemos de tanto y nos construimos de tan poco que es dentro de esa gama donde entra la elección y la diversidad del yo que posee al ser en sus múltiples dimensiones, una reflexión que me lleva a la siguiente cita que Kafka (1952;20) refiere a su padre post mortum: “…eso podría significar que tú insistías en que sólo era auténtico el judaísmo que me habías mostrado en la infancia, y que fuera de él no había nada.” La potencia de lo  hereditario está en que constantemente la creemos como inamovible, incuestionable y totalmente justificable a los tiempos; no ser testigo de las mismas épocas garantiza, en muchas ocasiones, la permanencia del recuerdo en un pedestal que se figura como álbumes de fotos familiares y reliquias de plata que se ponen en testamentos.  De niños somos susceptibles y tan llenos de preguntas que crecemos a seguir pasos que no entendemos comprando como verdades que nos mostraron en imagen; un ciclo que podríamos colocar y estudiar de forma paralela a tal emancipación judía de la que hablamos al inicio.

            Eventualmente, “el judío moderno comenzó a poner en tela de juicio su judeidad misma.” (Ofek, 2002;77). La primera vez que me pregunté sobre el significado de ser judía fue estando en el elevador que llegaba al piso de mi Bobe[6], uno de esos grisáceos con techo cuadriculado y con espejos que cubrían dos terceras partes del espacio. En ese elevador siempre hacía frío. Me acuerdo que apenas alcanzaba a ver mi reflejo en el espejo, mi altura era un poco más alta que la cintura de mi madre. Íbamos a alguna comida correspondiente a alguno de los rituales religiosos, quizás el año nuevo judío. Durante un minúsculo momento, que me pareció eterno, me pregunté sobre la razón de ser judía. No entendía porqué no celebrábamos las mismas festividades que el resto del mundo, ni siquiera la Navidad, incluso era diferente la numeración con la que contábamos los años. La respuesta que me di fue que se trataba de una herencia. Quedé con la esperanza de poder aclararlo cuando fuera mayor, hasta ahora no ha sucedido. Llegamos al piso de mi Bobe que tenía un ventanal grande por corona de un trinche que guardaba chocolates Vaquita o Cadbury (si teníamos suerte y Rubén[7] había ido de viaje), había una mezuzá[8] pero nunca acostumbré a besarla al entrar ni salir[9], mis padres no lo hacían, yo tampoco.

            Las preguntas son un concepto constitutivo del judaísmo, en las noches de Pesaj[10]  se nos impulsa a no ser como “aquel que no sabe preguntar”. Crecí en un espacio judío al que se le olvidó preguntar, quizás suene como una especie de doctrina que, tal vez, si fue así. Hoy pienso que no sé si me corresponde la historia del pueblo judío, o incluso la del Holocausto. Sin embargo también sé que jamás podré olvidar la fecha conmemorativa  oficial de la liberación del campo de concentración y exterminio Auschwitz en 1945, o las cifras de los judíos exterminados, o los nombres de los campos ni la historia de Anna Frank. Tampoco puedo negar lo que sentí cuando encontré en Auschwitz algunas páginas inscritas con mis apellidos como testimonio de que personas con mis raíces fallecieron a consecuencia de ese episodio. Nos educan a creer que la historia es nuestra cuando nosotros somos suyos, ella es la que no olvida.


[1]  Palabra hebrea para el Antiguo Testamento.

[2]  Nombre hebreo para Maimónides.

[3]  Documento en el que está inscrita la historia de la festividad judía Purim.

[4]  Referencia a la historia de la festividad judía Purim en la que los niños acostumbran disfrazarse, entre otras costumbres.

[5]  Palabra en yiddish asociada a las aldeas de los judíos ashkenazíes en Europa Oriental antes del Holocausto.

[6]  Expresión judía para abuela.

[7]  Esposo de mi Bobe.

[8]  Pergamino con bendiciones judías que se coloca en ciertos marcos de las puertas de una casa judía como tradición y costumbre de la práctica judía básica.

[9]  Besar la mezuzá al salir y entrar de una casa judía es una práctica judía común. Representa una muestra de fe en cuanto a recibir bendiciones que acompañen a quien la practica.

[10]  Pesaj es la pascua judía que conmemora y celebra la salida de los judíos de Egipto narrada en el libro Éxodo de la Biblia.